Mostrando entradas con la etiqueta cuidado mutuo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuidado mutuo. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de junio de 2023

Y no se me ocurre nada...


 

Pienso en ponerme a escribir y por primera vez no se me ocurre nada. Creo que estoy abrumada por las circunstancias. Observo a mi alrededor. Hay tanto movimiento que creo que mi cerebro ha optado por replegarse.

Me abruma el calor, intenso estos días, aunque tengo la suerte de vivir en una casa con una especie de microclima protector.

Me abruma el ruido político, no quiero vivir en la ignorancia y eso tiene un precio. Los intercambios agresivos, las descalificaciones, los ataques desde actitudes beligerantes que ascienden constantemente.

No me gusta, no me aporta nada ni contribuye en la dirección de mi voto que considero consciente e informado.

Por otro lado, mirando el panorama de la guerra de Ucrania, y otras ignoradas, me siento afligida, asustada por las largas y afiladas garras de la violencia que promueve la codicia personal de unos, nunca el interés general de los habitantes de un pueblo, de una ciudad, de un país.

Busco entre mis congéneres y procuro desarrollarlas en mí, actitudes de cooperación que contribuyan al cuidado y la concordia, atisbos de humanidad que sostengan la motivación y la ilusión adormecida bajo tanto hecho dramático.

La banalidad de un capricho hundido es capaz de robar portada al desastre humanitario de quien viaja en condiciones inconcebibles por necesidad de supervivencia.

El morbo es más atractivo que la dramática realidad de la gente corriente.

Admito que soy de costumbres sencillas. Un paseo, un libro, o compartir ratos con quien quiero, un viaje de vez en cuando, suponen la esencia de mi vida aparte de las obligaciones que también son elegidas.

Mis mejores deseos para este intenso verano que no ha hecho más que comenzar.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Perder el techo

 

 

Perder el techo que nos cobija, el hogar que habitamos cada día, nos sitúa en una situación de desamparo físico, emocional, integral me atrevo a decir.  El refugio físico es una necesidad básica que disminuye la vulnerabilidad que nos caracteriza como individuos, como seres vivos. Porque afecta efectivamente a todos los seres vivos que buscamos refugio de la intemperie que nos asusta y condiciona nuestra necesidad de reposo.  Necesitamos descansar del  trabajo, tal vez de buscarlo y no conseguirlo, del movimiento, de los avatares del día.

Construimos un hogar más o menos sofisticado, cómodo, amable, según nuestras posibilidades económicas y emocionales también.  Muchas veces es el mejor lugar al que llegar, es lo deseable, cuidarlo y sentir que es nuestro entorno seguro, nuestro sitio.

A veces es posible bajo una caja de cartón, que sostiene historias de abandono, de dolor, de pérdida, dejando al descubierto la fragilidad con la lluvia, con el frío o el calor incluso con los vándalos, que traspasan sin dificultad la ingenuidad del solitario. La mayoría construimos con esfuerzo y dedicación, también con ilusión,  retazos de seguridad entre las paredes que nos acogen.

Otras veces construimos palacios como símbolo de éxito, de riqueza y poder que también pueden caer bajo los efectos de la guerra, del odio, de la naturaleza, que no odia ni ama, simplemente nos recuerda que el sentido es una construcción humana, social y particular de cada ser humano, de cada pueblo. Que perderlo es peligroso, esa es la verdadera intemperie, el riesgo absoluto de lo que somos como personas.

Sin embargo, en la dureza de lo inevitable se halla también lo más elevado del ser humano, y lo más rastrero, no voy a pecar de ingenua, aunque hoy quiero resaltar la tendencia del ser humano a la empatía, al compañerismo, a la cooperación.  No sólo de los profesionales destinados por oficio a la ayuda, a los que creo necesario agradecer cada día que existan y estén donde los necesitamos.  Miro hacia cada vecino de La Palma, de Lepe, de cada lugar víctima de la desgracia y veo personas que acuden para trabajar codo con codo con sus vecinos afectados, y me emociona la voz entrecortada de un hombre de Lucena que llora con una mezcla de tristeza y agradecimiento al relatar la cantidad de personas que llegaron hasta las calles de los afectados por la devastadora lluvia para retirar el lodo. Para evitar la pérdida, para repararla cuanto antes.

Miro de soslayo a los que decidieron ponerse a mirar el fuego en lugar de ayudar, aunque sea quedándose en su casa si todavía la tienen.  Cada cual tiene sus prioridades y coger la foto para asegurar la autoestima del día siguiente es una opción.  Contemplar la potente belleza del fuego con su ambivalencia entre la destrucción y la fuerza no dudo de que es tentador.

Hoy aparece en portada un político, que ante la amenaza pudo cambiar un techo por otro, perdiendo el suyo sí,  pero con margen, y lo demás se empequeñece, ya no llueve, ya no hay lava ya no es tan sofocante, apenas hay COVID.  Nos acercamos a octubre y otros viejos volcanes entrarán en erupción.

Sin embargo, quiero apostar por el tema de mi reflexión de hoy, la cooperación y el cuidado mutuo y de esto la mayoría de los políticos saben muy poco, de modo que, hoy ellos no importan.


miércoles, 4 de agosto de 2021

El tiempo pático


 

Hay un concepto acerca del tiempo que  hace referencia a la percepción del mismo, al estar sometidos a esa percepción cuando reparamos en ella. Si abundamos en la teoría, definimos  con gran interés en el ámbito de la psicología, el tiempo de espera y el tiempo de secuela.  El primero, señala el modo de percibir y gestionar un evento futuro más o menos próximo y el segundo, el efecto psicológico de ese evento una vez pasado. 

Si el evento desencadenante es de carácter positivo, por ejemplo las esperadas vacaciones, las emociones asociadas como la ilusión, la alegría, están disponibles y podemos experimentar la preparación,  disfrute y posterior efecto reparador.  Sin embargo, dada la complejidad que nos caracteriza, podemos llegar a una situación aparentemente positiva en condiciones adversas si estamos estresados en exceso y experimentamos la espera con ansiedad.  Puede que lleguemos a la situación de disfrute con una carga demasiado pesada que sea preciso aligerar para conectar con lo que deseamos.

Más allá del aspecto psicológico de la percepción del tiempo, si reflexionamos desde una perspectiva filosófico existencial,  notar el tiempo es algo que puede revelarnos angustia vital. Creo que en gran medida, esto es lo que ha sucedido en este tiempo de pandemia y nos ha pillado con menos preparación que el propio coronavirus.  ¿Por qué?

Mis reflexiones acerca de este tema  me llevan a deducir que estamos suspensos en planteamientos esenciales para el ser humano, es decir en filosofía.  Creo que con tanto correr, nos hemos olvidado de la necesidad de integrar las premisas básicas de la filosofía clásica: ¿Quién soy yo? ¿Qué hago en este mundo? ¿Hacia dónde vamos?, etc, de una manera reposada.

Tengo la impresión de que el miedo a sentir lo que somos, finitos, vulnerables, y la exaltación de lo positivo, carpe diem, o el coloquial que me quiten lo bailao, se ha dado de bruces con la parada técnica a la que nos ha obligado el persistente virus  y ahora, en estos días, asistimos nuevamente a la necesidad de desmadre,  una vez más. ¡Olvidemos lo pasado y al lío que son dos días!

Si de cada evento de la vida podemos aprender algo, conviene que en esta ocasión nos plateemos cuestiones como estas: ¿Qué he aprendido de mí, de los demás, de la vida? ¿Hay algo que no esté haciendo bien? ¿He detectado recursos personales que ignoraba tener  y que puedo afianzar?

No pretendo hacer crítica del disfrute, del baile y la risa ¡bienvenidas sean! Sin embargo, creo que la pandemia, como cualquier adversidad, está poniendo en evidencia nuestras carencias y una de ellas es la cuestión del tiempo. Qué hacer y dónde, han revelado necesidad de cambios, ya sean de ubicación, de espacio, de relaciones, de cuestiones básicas que competen a cualquier ser humano.

Abogo por un carácter de tipo renacentista para la renovación necesaria de la humanidad.  Me refiero  a generar una perspectiva educativa amplia y profunda, cultural, humanista, ecológica, artística. Insisto además en la necesaria cooperación para el cuidado mutuo.

No imagino a alguien que esté focalizado en aprender música tramando agresiones, no imagino a alguien deleitándose en el trazo de los dibujos que le inspiran buscando a quien acosar. Creo firmemente que la cualidad universal de la cultura es capaz de curar, acercar, reparar.  Para ello ha de ser accesible, cercana, asequible. Un recurso natural, porque está en nuestra naturaleza la curiosidad, la creatividad, el deseo de aprender, siempre que la potencialidad que todo individuo tiene en esencia encuentre la vía de expresión personal que le permite crecer y conocerse primero para confluir y compartir después.

Considero especialmente importante plantearnos nuestro legado, el patrimonio que queremos trasladar a nuestros descendientes, a nuestro pueblo, a nuestro mar, bosque o río. Constituye parte esencial del sentido de la vida. Es una construcción necesaria que se formula cada día en nuestra inversión cotidiana del tiempo.