jueves, 6 de febrero de 2020

Leer para comprender, comprender para transformar

Cuando pensamos acerca de nuestra vida, de nuestras circunstancias y tratamos de comprender como hemos llegado a una situación concreta, es frecuente que nos atascamos en el por qué. ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Por qué elegí estudiar esto, aquello? ¿Por qué no fui capaz de…? Si hubiera tenido, si hubiera hecho, si no hubiera dicho.   Planteamientos irreversibles que nos afligen e impiden transformar lo que nos paraliza y daña cegándonos para contemplar nuevas perspectivas.

El miedo es el aliado de la parálisis que atenúa el impulso de crecer y experimentar, evitando las ganas y cediendo al poder de la desmotivación y sus comportamientos improductivos, un estado cuasi depresivo desde el que no se atisba salida.  Puede resultar algo familiar, propio “soy así, triste, vago, pesimista, un desastre”, una manera peculiar de llevar a cuestas nuestra existencia.

Más allá de las atribuciones que nos catalogan y limitan, es de utilidad un método de análisis que nos permita descifrar nuestro laberinto personal para optar por opciones realistas y constructivas.  Es algo que podemos aprender igual que aprendimos a errar y a descalificarnos o bien a no darnos cuenta bajo la etiqueta del despiste, tantas cosas que asumimos como parte de nuestra personalidad, descartando la posibilidad de modificar lo que no funciona. Recordemos que hasta el color de los ojos, asignado genéticamente,  varía con la luz, adquiere matices diversos que como la vida depende, en gran medida, de las gafas que nos pongamos para ver.

Hace unos días dedicaba esta reflexión a la escritura como compañera de nuestro viaje introspectivo.  Hoy resalto la lectura como clave para el autoconocimiento. Es obvio que favorece la reflexión y el buen uso del lenguaje. No es indiferente esto para nuestra propia comprensión y conocimiento de quien somos, al contrario, es necesario para indagar, reflexionar y sentir en la piel propia los puntos comunes del ser humano que somos descritos por otros que ya pensaron en ello, o que lo escribieron a modo de novela, narrativas diversas que amplían nuestra mirada. Después, como individuo particular hemos de bregar íntimamente con nuestra soledad.


martes, 14 de enero de 2020

Escritura que cura




Siempre me ha resultado gratificante escribir mis sentimientos y pensamientos, desde niña. Algo se movía diferente en mí por el simple hecho de volcarlo en un papel. No un papel cualquiera, mi cuaderno.  Algo así como  “el libro de escribir la vida” en palabras de Isabel Allende.  En mi carrera como docente en la universidad, lo introduje en una asignatura bajo la denominación:   ”Autoorientación” un trabajo, en este caso sistematizado,  que los estudiantes de la licenciatura en Psicopedagogía hacían para aprender a orientar realizando su propia orientación.  Durante unos años decidí pedirlo a mano y, aunque muchos se quejaron al principio, encontré como resultado caligrafías maravillosas y sobre todo historias de vida reveladoras para ellos que era lo que pretendía el trabajo.

Da igual a mano o a “máquina”, en este caso  era una licencia que bajo mi libertad de cátedra experimenté, aunque cada día creo con mayor firmeza, que escribir a mano desarrolla capacidades ausentes en los teclados, ya hay algún estudio que lo corrobora.  Sin embargo, no es este el tema que quiero destacar hoy; quiero referirme a la escritura como instrumento básico de autoconocimiento, de reflexión y de conciencia emocional.
Más allá de la docencia, en mi actividad como psicoterapeuta, lo utilizo habitualmente como herramienta, una aliada necesaria en la mayoría de los casos.  En otros la opción es el dibujo, la música, el baile, cualquier expresión artística afín con nuestra personalidad, a esto le dedicaremos un espacio también.
Escribir para curar conlleva un vaciado interior de lo que pesa y cuando esto ocurre,  generamos espacio para pensar con claridad, para alentar una perspectiva diferente de la historia que nos contamos acerca de lo que vivimos.  Tan simple y tan complejo a la vez. 
A modo de ejemplo, comparto un párrafo recogido del proyecto nuevo en el que estoy trabajando.  Describe el resultado de un proceso terapéutico reflejado por escrito.
Me doy cuenta de que pienso diferente, más despacio, sin atropellos, y lo reflejo también en la manera de escribir, de hablar, de estar. El ritmo pausado me beneficia y me instauro en él a conciencia. En ocasiones la inercia frenética del pasado quiere alojarse en mí y reaccionar ante cualquier estímulo, sin embargo, la detecto y desvío, casi con la facilidad de un regateo experto: “ahora es cuando diría…” así me sitúo en un lugar estratégico que me permite decidir sin caer instintivamente en los circuitos anteriores. Realmente funciona y, aunque sé que me encuentro en periodo de prueba, no quiero negarme el mérito y la satisfacción de estar dónde estoy, que es, afortunadamente donde quiero estar.
Como sugerencia para empezar, elige un cuaderno para ello y colócalo en un lugar en el que lo tengas a mano, el escritorio, la mesilla o tal vez tu cartera o bolso, y simplemente comienza a escribir. Tal vez puedas empezar describiendo el día que has pasado hoy, tus anhelos, tus dificultades, tus propósitos, lo que sueñas al dormir, tus inquietudes, etc.  Revisa de vez en cuando lo escrito anteriormente y date cuenta de tu evolución y/o de tus repeticiones.  La escritura así, se convierte además, en una asistente de nuestra memoria.

Como marca el calendario


En estas fechas, como marca el calendario, seguimos la ruta de las tradiciones y preparamos encuentros con familiares y amigos. Algunos se alejan, otros se acercan inevitablemente a la reunión anual con más o menos ganas, hay quien se alegra y quien simplemente obvia la omnipresencia de lo impuesto.

Como marca el calendario, nos alientan al consumo desaforado para acompañar los encuentros y agasajar con presentes de mayor o menor acierto.

Disfrutar de los encuentros navideños forma parte de la intención, aunque a veces es necesario prepararse para ello. No siempre es fácil digerir el exceso y en estos días tendemos a ello.

Detectar el riesgo de rapto emocional, expresar desacuerdos y construir acuerdos sin meter el dedo en la llaga, son cualidades que conviene cultivar en cualquier situación, aunque los ejemplos en la vida pública brillen por su ausencia. Si no sabemos, siempre queda la opción de aprender, detectar nuestras tendencias de viejas adaptaciones que ahora son ropa vieja y reaprender lo mal aprendido para lo que toca ahora.
Preparar un buen futuro pasa por limpiar el presente de matojos secos de ayer, conservando lo que ayuda a crecer. Elegir nuevas semillas, plantar, regar cada día y esperar que brille el sol.

Como digo habitualmente hay tiempos de cosecha y tiempos de recogida, ambos igual de necesarios.


¡Felices Fiestas!

martes, 26 de noviembre de 2019

¿Cómo se mide el daño moral? ¿Cómo nos afecta? ¿Tiene consecuencias en nuestra salud?


Desde hace semanas, me ronda la idea de escribir acerca de este complejo asunto. He sido testigo en numerosas ocasiones a lo largo de mi trayectoria profesional del efecto dañino que tiene esto que se denomina daño moral y que es contemplado desde distintos ámbitos de estudio e intervención. 

Existe diversidad de situaciones que pueden desencadenar el efecto del daño moral. En el ámbito laboral, al que quiero referirme en esta ocasión, encontramos numerosos indicadores más o menos sutiles como las descalificaciones, noticias falsas, ocultación de información relevante, asignación de tareas no asociadas al cargo, ubicación física inadecuada (por ejemplo, no tener un despacho en las mismas condiciones que otros compañeros del mismo rango), etc. Se trata de un análisis complicado porque la persona agraviada se encuentra en inferioridad de condiciones, especialmente si entre quienes generan la situación, existen alianzas para mantener sus posiciones.  

El daño moral es una  lesión simbólica por sentirse agraviado que conlleva afectación física, psicológica y espiritual.  No es inocuo el agravio porque provoca sufrimiento, aflicción que resulta de la acción de otro.

Desde el punto de vista psicológico atendemos al factor emocional y la influencia en nuestro bienestar, que será más o menos intensa en función de diversos factores, entre ellos, las características concretas de la situación, las circunstancias personales y el sentido que tenga para la persona objeto de agravio.

Cuando sufrimos una decepción motivada por el engaño o el fraude, pasamos de la sorpresa a la rabia, llegando al desánimo, sin descartar estados depresivos, en gran medida, porque vienen de la mano de la percepción de impotencia, especialmente cuando la situación que daña proviene de la intención de otros minando la confianza de quien sufre las consecuencias.

Los significados personales están marcados por nuestros valores, nuestras creencias nucleares acerca de la vida en general, por las concepciones éticas que guían nuestro comportamiento si somos coherentes y por nuestros sentimientos porque estos van de la mano de cualquier experiencia vital.

La afectación moviliza nuestra energía o la paraliza, activa nuestra reactividad más familiar o nos inhibe bloqueando nuestra conciencia emocional.  

El engranaje de nuestra personalidad queda expuesto a la evaluación de una realidad no esperada. La vulnerabilidad humana se viste con rostros diversos.

¿Cómo responde nuestro sistema a estas situaciones?

Cuando una persona sufre los efectos del agravio, que si es persistente podemos denominarlo acoso, es frecuente que acuda al sistema de salud ya que los síntomas físicos en situaciones como las señaladas no se hacen esperar: ansiedad, insomnio, preocupación constante, que promueven la actividad del sistema de alerta que se enciende ante la amenaza de manera sostenida. La sanidad responde con un protocolo muy concreto: ansiolíticos.


La situación es la misma, sin embargo, la medicación hace que supuestamente no importe.

Conviene desvelar la indefensión que puede desencadenar las situaciones sostenidas en el tiempo cuando quien sufre es tratado como susceptible de tratamiento o bien, cuando este se considera efectivo, o agotado, instando a volver al lugar que motivó el daño sin garantías y con el prestigio personal cuestionado. 

Otra opción es la justicia, con largos protocolos de espera y la Espada de Damocles encima de la cabeza, porque hacen falta pruebas para constatar los hechos más allá de las percepciones particulares. 

Según se refleja en la historia de la jurisprudencia española, la descripción del daño moral "puro" considera que daños no patrimoniales son daños morales puros, es decir, los que no acarrean ni directa ni indirectamente consecuencias patrimoniales económicamente cuantificables y que se identifican con la perturbación injusta de las condiciones anímicas del sujeto lesionado.

Por otro lado, se describe el daño patrimonial indirecto para el lesionado en su honor, para lo que se estiman indemnizaciones por suponer que amplían la libertad y la posibilidad de salir del círculo en el que la difamación hubiese dejado sentir sus efectos.

La Audiencia Provincial de Barcelona, en Sentencia de 8 de febrero de 2006, determina que daño moral "es el infligido a las creencias, a los sentimientos, a la dignidad de la persona o a su salud física o psíquica [...].  La zozobra, la inquietud, que perturban a una persona en lo psíquico".

¿Cómo abordarlo?
 

Desde el abordaje psicoterapéutico, al que habrá que llegar si se tienen recursos para ello, se atiende al daño causado especialmente en el autoconcepto de la persona que probablemente se encuentre en estado de vulnerabilidad. Será conveniente revisar los valores implicados, las actitudes personales ante los juegos de poder, las consecuencias asociadas a las decisiones, etc.

Mientras se toma distancia para analizar con perspectiva las opciones de resolución, conviene tomar consciencia de nuestros recursos personales, ajustando medidas de protección que impulsen la revitalización de lo dañado para, en última instancia, decidir el modo de resolver la situación afianzando la sostenibilidad de la persona.