Cuando pensamos acerca de nuestra vida, de nuestras circunstancias y tratamos de comprender como hemos llegado a una situación concreta, es frecuente que nos atascamos en el por qué. ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Por qué elegí estudiar esto, aquello? ¿Por qué no fui capaz de…? Si hubiera tenido, si hubiera hecho, si no hubiera dicho. Planteamientos irreversibles que nos afligen e impiden transformar lo que nos paraliza y daña cegándonos para contemplar nuevas perspectivas.
El miedo es el aliado de la
parálisis que atenúa el impulso de crecer y experimentar, evitando las ganas y
cediendo al poder de la desmotivación y sus comportamientos improductivos, un estado
cuasi depresivo desde el que no se atisba salida. Puede resultar algo familiar, propio “soy así,
triste, vago, pesimista, un desastre”, una manera peculiar de llevar a cuestas
nuestra existencia.
Más allá de las atribuciones que nos catalogan y limitan, es de utilidad un método de análisis que nos permita descifrar nuestro laberinto personal para optar por opciones realistas y constructivas. Es algo que podemos aprender igual que aprendimos a errar y a descalificarnos o bien a no darnos cuenta bajo la etiqueta del despiste, tantas cosas que asumimos como parte de nuestra personalidad, descartando la posibilidad de modificar lo que no funciona. Recordemos que hasta el color de los ojos, asignado genéticamente, varía con la luz, adquiere matices diversos que como la vida depende, en gran medida, de las gafas que nos pongamos para ver.
Hace unos días dedicaba esta reflexión a la escritura como compañera de nuestro viaje introspectivo. Hoy resalto la lectura como clave para el autoconocimiento. Es obvio que favorece la reflexión y el buen uso del lenguaje. No es indiferente esto para nuestra propia comprensión y conocimiento de quien somos, al contrario, es necesario para indagar, reflexionar y sentir en la piel propia los puntos comunes del ser humano que somos descritos por otros que ya pensaron en ello, o que lo escribieron a modo de novela, narrativas diversas que amplían nuestra mirada. Después, como individuo particular hemos de bregar íntimamente con nuestra soledad.
jueves, 6 de febrero de 2020
Leer para comprender, comprender para transformar
martes, 14 de enero de 2020
Escritura que cura
Siempre me ha resultado gratificante escribir mis sentimientos y pensamientos, desde niña. Algo se movía diferente en mí por el simple hecho de volcarlo en un papel. No un papel cualquiera, mi cuaderno. Algo así como “el libro de escribir la vida” en palabras de Isabel Allende. En mi carrera como docente en la universidad, lo introduje en una asignatura bajo la denominación: ”Autoorientación” un trabajo, en este caso sistematizado, que los estudiantes de la licenciatura en Psicopedagogía hacían para aprender a orientar realizando su propia orientación. Durante unos años decidí pedirlo a mano y, aunque muchos se quejaron al principio, encontré como resultado caligrafías maravillosas y sobre todo historias de vida reveladoras para ellos que era lo que pretendía el trabajo.
Como marca el calendario
En estas fechas, como marca el calendario, seguimos la ruta de las tradiciones y preparamos encuentros con familiares y amigos. Algunos se alejan, otros se acercan inevitablemente a la reunión anual con más o menos ganas, hay quien se alegra y quien simplemente obvia la omnipresencia de lo impuesto.
Como marca el calendario, nos alientan al consumo desaforado para acompañar los encuentros y agasajar con presentes de mayor o menor acierto.
Disfrutar de los encuentros navideños forma parte de la intención, aunque a veces es necesario prepararse para ello. No siempre es fácil digerir el exceso y en estos días tendemos a ello.
Detectar el riesgo de rapto emocional, expresar desacuerdos y construir acuerdos sin meter el dedo en la llaga, son cualidades que conviene cultivar en cualquier situación, aunque los ejemplos en la vida pública brillen por su ausencia. Si no sabemos, siempre queda la opción de aprender, detectar nuestras tendencias de viejas adaptaciones que ahora son ropa vieja y reaprender lo mal aprendido para lo que toca ahora.
Como digo habitualmente hay tiempos de cosecha y tiempos de recogida, ambos igual de necesarios.
¡Felices Fiestas!
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martes, 26 de noviembre de 2019
¿Cómo se mide el daño moral? ¿Cómo nos afecta? ¿Tiene consecuencias en nuestra salud?
Desde
hace semanas, me ronda la idea de escribir acerca de este complejo asunto. He
sido testigo en numerosas ocasiones a lo largo de mi trayectoria profesional
del efecto dañino que tiene esto que se denomina daño moral y que es
contemplado desde distintos ámbitos de estudio e intervención.
Existe
diversidad de situaciones que pueden desencadenar el efecto del daño moral. En
el ámbito laboral, al que quiero referirme en esta ocasión, encontramos
numerosos indicadores más o menos sutiles como las descalificaciones, noticias
falsas, ocultación de información relevante, asignación de tareas no asociadas
al cargo, ubicación física inadecuada (por ejemplo, no tener un despacho en las
mismas condiciones que otros compañeros del mismo rango), etc. Se trata de un
análisis complicado porque la persona agraviada se encuentra en inferioridad de
condiciones, especialmente si entre quienes generan la situación, existen alianzas
para mantener sus posiciones.
El daño moral es una lesión simbólica por sentirse agraviado que conlleva afectación física, psicológica y espiritual. No es inocuo el agravio porque provoca sufrimiento, aflicción que resulta de la acción de otro.
Desde
el punto de vista psicológico atendemos al factor emocional y la influencia en
nuestro bienestar, que será más o menos intensa en función de diversos factores,
entre ellos, las características concretas de la situación, las circunstancias
personales y el sentido que tenga para la persona objeto de agravio.
Cuando
sufrimos una decepción motivada por el engaño o el fraude, pasamos de la
sorpresa a la rabia, llegando al desánimo, sin descartar estados depresivos, en
gran medida, porque vienen de la mano de la percepción de impotencia,
especialmente cuando la situación que daña proviene de la intención de otros
minando la confianza de quien sufre las consecuencias.
Los
significados personales están marcados por nuestros valores, nuestras creencias
nucleares acerca de la vida en general, por las concepciones éticas que guían
nuestro comportamiento si somos coherentes y por nuestros sentimientos porque
estos van de la mano de cualquier experiencia vital.
La
afectación moviliza nuestra energía o la paraliza, activa nuestra reactividad
más familiar o nos inhibe bloqueando nuestra conciencia emocional.
El engranaje de nuestra personalidad queda
expuesto a la evaluación de una realidad no esperada. La vulnerabilidad humana
se viste con rostros diversos.
¿Cómo
responde nuestro sistema a estas situaciones?
Cuando
una persona sufre los efectos del agravio, que si es persistente podemos
denominarlo acoso, es frecuente que acuda al sistema de salud ya que los
síntomas físicos en situaciones como las señaladas no se hacen esperar:
ansiedad, insomnio, preocupación constante, que promueven la actividad del
sistema de alerta que se enciende ante la amenaza de manera sostenida. La
sanidad responde con un protocolo muy concreto: ansiolíticos.
La
situación es la misma, sin embargo, la medicación hace que supuestamente no importe.
Conviene
desvelar la indefensión que puede desencadenar las situaciones sostenidas en el
tiempo cuando quien sufre es tratado como susceptible de tratamiento o bien,
cuando este se considera efectivo, o agotado, instando a volver al lugar que
motivó el daño sin garantías y con el prestigio personal cuestionado.
Otra
opción es la justicia, con largos protocolos de espera y la Espada de Damocles
encima de la cabeza, porque hacen falta pruebas para constatar los hechos más
allá de las percepciones particulares.
Según se refleja en la historia de la jurisprudencia española, la descripción del daño moral "puro" considera que daños no patrimoniales son daños morales puros, es decir, los que no acarrean ni directa ni indirectamente consecuencias patrimoniales económicamente cuantificables y que se identifican con la perturbación injusta de las condiciones anímicas del sujeto lesionado.
Por otro lado, se describe el daño patrimonial indirecto para el lesionado en su honor, para lo que se estiman indemnizaciones por suponer que amplían la libertad y la posibilidad de salir del círculo en el que la difamación hubiese dejado sentir sus efectos.
La Audiencia Provincial de Barcelona, en Sentencia de 8 de febrero de 2006, determina que daño moral "es el infligido a las creencias, a los sentimientos, a la dignidad de la persona o a su salud física o psíquica [...]. La zozobra, la inquietud, que perturban a una persona en lo psíquico".
¿Cómo abordarlo?
Desde
el abordaje psicoterapéutico, al que habrá que llegar si se tienen recursos
para ello, se atiende al daño causado especialmente en el autoconcepto de la
persona que probablemente se encuentre en estado de vulnerabilidad. Será
conveniente revisar los valores implicados, las actitudes personales ante los
juegos de poder, las consecuencias asociadas a las decisiones, etc.
Mientras
se toma distancia para analizar con perspectiva las opciones de resolución,
conviene tomar consciencia de nuestros recursos personales, ajustando medidas
de protección que impulsen la revitalización de lo dañado para, en última
instancia, decidir el modo de resolver la situación afianzando la
sostenibilidad de la persona.
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