martes, 26 de noviembre de 2019

¿Cómo se mide el daño moral? ¿Cómo nos afecta? ¿Tiene consecuencias en nuestra salud?


Desde hace semanas, me ronda la idea de escribir acerca de este complejo asunto. He sido testigo en numerosas ocasiones a lo largo de mi trayectoria profesional del efecto dañino que tiene esto que se denomina daño moral y que es contemplado desde distintos ámbitos de estudio e intervención. 

Existe diversidad de situaciones que pueden desencadenar el efecto del daño moral. En el ámbito laboral, al que quiero referirme en esta ocasión, encontramos numerosos indicadores más o menos sutiles como las descalificaciones, noticias falsas, ocultación de información relevante, asignación de tareas no asociadas al cargo, ubicación física inadecuada (por ejemplo, no tener un despacho en las mismas condiciones que otros compañeros del mismo rango), etc. Se trata de un análisis complicado porque la persona agraviada se encuentra en inferioridad de condiciones, especialmente si entre quienes generan la situación, existen alianzas para mantener sus posiciones.  

El daño moral es una  lesión simbólica por sentirse agraviado que conlleva afectación física, psicológica y espiritual.  No es inocuo el agravio porque provoca sufrimiento, aflicción que resulta de la acción de otro.

Desde el punto de vista psicológico atendemos al factor emocional y la influencia en nuestro bienestar, que será más o menos intensa en función de diversos factores, entre ellos, las características concretas de la situación, las circunstancias personales y el sentido que tenga para la persona objeto de agravio.

Cuando sufrimos una decepción motivada por el engaño o el fraude, pasamos de la sorpresa a la rabia, llegando al desánimo, sin descartar estados depresivos, en gran medida, porque vienen de la mano de la percepción de impotencia, especialmente cuando la situación que daña proviene de la intención de otros minando la confianza de quien sufre las consecuencias.

Los significados personales están marcados por nuestros valores, nuestras creencias nucleares acerca de la vida en general, por las concepciones éticas que guían nuestro comportamiento si somos coherentes y por nuestros sentimientos porque estos van de la mano de cualquier experiencia vital.

La afectación moviliza nuestra energía o la paraliza, activa nuestra reactividad más familiar o nos inhibe bloqueando nuestra conciencia emocional.  

El engranaje de nuestra personalidad queda expuesto a la evaluación de una realidad no esperada. La vulnerabilidad humana se viste con rostros diversos.

¿Cómo responde nuestro sistema a estas situaciones?

Cuando una persona sufre los efectos del agravio, que si es persistente podemos denominarlo acoso, es frecuente que acuda al sistema de salud ya que los síntomas físicos en situaciones como las señaladas no se hacen esperar: ansiedad, insomnio, preocupación constante, que promueven la actividad del sistema de alerta que se enciende ante la amenaza de manera sostenida. La sanidad responde con un protocolo muy concreto: ansiolíticos.


La situación es la misma, sin embargo, la medicación hace que supuestamente no importe.

Conviene desvelar la indefensión que puede desencadenar las situaciones sostenidas en el tiempo cuando quien sufre es tratado como susceptible de tratamiento o bien, cuando este se considera efectivo, o agotado, instando a volver al lugar que motivó el daño sin garantías y con el prestigio personal cuestionado. 

Otra opción es la justicia, con largos protocolos de espera y la Espada de Damocles encima de la cabeza, porque hacen falta pruebas para constatar los hechos más allá de las percepciones particulares. 

Según se refleja en la historia de la jurisprudencia española, la descripción del daño moral "puro" considera que daños no patrimoniales son daños morales puros, es decir, los que no acarrean ni directa ni indirectamente consecuencias patrimoniales económicamente cuantificables y que se identifican con la perturbación injusta de las condiciones anímicas del sujeto lesionado.

Por otro lado, se describe el daño patrimonial indirecto para el lesionado en su honor, para lo que se estiman indemnizaciones por suponer que amplían la libertad y la posibilidad de salir del círculo en el que la difamación hubiese dejado sentir sus efectos.

La Audiencia Provincial de Barcelona, en Sentencia de 8 de febrero de 2006, determina que daño moral "es el infligido a las creencias, a los sentimientos, a la dignidad de la persona o a su salud física o psíquica [...].  La zozobra, la inquietud, que perturban a una persona en lo psíquico".

¿Cómo abordarlo?
 

Desde el abordaje psicoterapéutico, al que habrá que llegar si se tienen recursos para ello, se atiende al daño causado especialmente en el autoconcepto de la persona que probablemente se encuentre en estado de vulnerabilidad. Será conveniente revisar los valores implicados, las actitudes personales ante los juegos de poder, las consecuencias asociadas a las decisiones, etc.

Mientras se toma distancia para analizar con perspectiva las opciones de resolución, conviene tomar consciencia de nuestros recursos personales, ajustando medidas de protección que impulsen la revitalización de lo dañado para, en última instancia, decidir el modo de resolver la situación afianzando la sostenibilidad de la persona.
 

 

sábado, 21 de septiembre de 2019

Nepotismo, el trozo de pastel



A lo largo de mí recorrido profesional he vivido de cerca situaciones que, sin miedo a decirlo en alto, estaban empañadas de nepotismo. Si atendemos a su definición según la RAE:
Del lat. nepos, -ōtis 'sobrino', 'descendiente' e –ismo, Desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos.
Digamos parientes, amigos, pareja… trato preferente para obtener un puesto de trabajo aunque haya otros candidatos que superen en méritos al, la apadrinada. Si falla el diseño y el candidato legítimo consigue acceder hay un plan b: la hostilidad, que por su recurrencia se convierte en acoso.

De algún modo refleja actitudes hostiles hacia lo que se percibe como amenaza en el ajeno, forastero o diferente definido también en el término endogamia.

En esta ocasión me refiero al nepotismo laboral que vestido como digo de hostilidad se traduce en una experiencia para el o la forastera, altamente estresante.

Hago alusión a los efectos que tiene en quien sufre la injusticia, la mentira, la manipulación a cargo de quien sustenta poderes fácticos aunque sean de medio pelo, si tocan de cerca arañan. El arañazo puede ser más o menos profundo incluso infectarse, depende entre otras variables del tiempo de exposición.

Ignorar, ningunear, dar información incompleta y confusa, asignar tareas alejadas del puesto de trabajo que corresponde, etc., son indicadores de un acoso que obra, precisamente, desde actitudes sibilinas con el fin de desgastar y favorecer la retirada de quien se encuentra en inferioridad de condiciones por ser nuevo en el grupo. El malestar sembrado crece en el interior como si de mala hierba se tratara y los abusadores se complacen del efecto de su cosecha. Un juego que avanza con un fin esperado por los malhechores, que el extraño salga, abandone y deje paso a los aliados que esperan su turno para que todo cuadre.

Y así, la partida termina y el pastel sigue repartido entre los amiguitos/as que para eso se ha horneado.

Como les sugiero a las personas con las que trabajo, volcar fuera lo que se acumula dentro es un comienzo, ya sea escribiendo, hablando, paseando. Es una medida de vaciado para evitar que los síntomas físicos ganen espacio, algo hay que atender y hemos de ponerle nombre para darle respuesta.

Es preciso tomar distancia para analizar con perspectiva y decidir lo más conveniente. La reflexión se hace urgente:

¿Quién nos protege del nepotismo? ¿Hemos de abandonar lo logrado por méritos propios o simplemente asumir con resignación lo que nos toca y sufrir en silencio?

No sé si realmente hay solución para reparar el sistema, no sé si está tan podrido que incluso con apariencia de transparencia se encubren todas las fechorías posibles. Sin embargo, animo a la perseverancia de creer en la ética construida a base de conocimiento y empatía y alejarse de lo podrido en la medida de lo posible para evitar contagiarse.

sábado, 11 de mayo de 2019

¿Necesito ayuda? ¿Quién puede ayudarme?


 ¿Necesito ayuda? ¿Quién puede ayudarme? ¿Orientación psicológica o abordaje clínico?


Es frecuente que cuando nos damos cuenta de que algo no va bien pase un tiempo hasta que respondamos a la cuestión que nos permita resolverlo con ayuda si es esto lo que consideramos necesario. Nos planteamos entonces: ¿Quién puede ayudarme?

Vivimos en un mundo complejo y diverso y la experiencia personal es diversa y compleja también.
Por ello, precisamos respuestas personalizadas y adecuadas a cada individuo y situación. 

Creo importante diferenciar entre la necesidad de orientación, de clarificar una experiencia, y las patologías psicológicas,  porque el modo de intervenir y los  profesionales que han de buscarse para ello difieren.

Habitualmente se mete en el mismo saco a toda persona que desarrolle indicadores de malestar vital, psicológico, siguiendo en la actualidad la ruta médica con la medicación como aliada principal y la prescripción al ámbito de la psicología después.

Después comienza un camino con resultados desiguales.  

Es frecuente que las personas, una vez que han pasado por el tratamiento prescrito por el ámbito de salud pública busquen algo más y opten, los que se lo pueden permitir, por un trabajo que aborde otros aspectos que no se han considerado en la terapia prescrita como son comprender, conocer aspectos de su persona, de su historia, de sus relaciones, etc. que no se abordan generalmente: ¿Por qué? Porque no se consideran objetivos  terapéuticos.

La cuestión es,  ¿ha de abordar esto el psicólogo/a clínico? En el sistema formal actual, el que está establecido, no, además no son patologías, por tanto por definición no es su campo específico. Sin embargo, las personas siguen buscando respuestas y llegan de este modo a equipos como el nuestro.

Podemos preguntarnos ¿quién ha de trabajar estas cuestiones?

Desde luego profesionales con la preparación adecuada. Las cuestiones humanas universales asociadas a crisis vitales no patológicas, requieren de orientación apoyada en diferentes modelos de psicología que han aportado respuestas más humanas y humanistas desde una praxis psicoeducativa necesaria para dirigirse a la resolución de conflictos personales, vocacionales, relacionales para los que es preciso formarse y adquirir experiencia.






¿Cuál es la formación?

Bajo la denominación de orientación, asesoramiento psicológico, apoyo psicopedagógico, encontramos en la historia de esta profesión dos formaciones básicas: Pedagogía y Psicología, desde las cuales era posible continuar formándose en ámbitos diferentes para desarrollar la profesión y seguir rutas distintas: dirigidas a la psicología educativa, al ámbito familiar, de pareja, etc. 

Durante unos años se instauró en el ámbito universitario la formación de segundo ciclo de psicopedagogía, en la que yo misma he participado como docente diseñando las asignaturas e impartiéndolas, al que se accedía desde la diplomatura en magisterio y capacitaba a los maestros y maestras para la profesión de orientadores. Hasta ese momento, se llegaba a esta profesión desde dos ramas: pedagogía y psicología.  Por tanto, aparecía un tercero a competir por lo mismo.

Aunque en principio se consideraba como un acceso exclusivo para la orientación en al ámbito educativo, el caso es que se convirtió en una rama de profesionales que después se fueron distribuyendo de manera diversa: seguir como maestros, continuar con la vía de la psicología o la pedagogía, etc.

Desde esa base inicial de la licenciatura los estudiantes podían, excepto en la psicología clínica, acceder a formaciones monográficas, doctorados, máster, expertos, y configurarse como profesionales con mayor apertura profesional y laboral. 

De este modo se abría una vía de formación y experiencia en el ámbito de la ayuda psicológica y educativa, asesoramiento, orientación, que podemos denominar psicoterapia sin miedo a considerar el término intrusismo profesional, además de incluir las funciones que se han pretendido acaparar con el término coach que ha estado tan de moda y que se ha constituido como una paraprofesión.

Aun así, si no queremos pillarnos los dedos y colisionar con los psicólogos clínicos, que también han tenido que luchar con los psiquiatras por su territorio, definamos orientación, asesoramiento,  intervención psicoeducativa para referirnos a necesidades como estas: 

Crisis personales, con situaciones de desorientación vital, decisiones complejas, inseguridad, indicadores de ansiedad asociados al estrés y a situaciones contextuales, así como a tendencias aprendidas diferenciando procesos disfuncionales que requieran intervención en el ámbito clínico específico.

Conflictos relacionales que se repiten y no se resuelven,  en la pareja, en las relaciones laborales, en la familia, etc.

Relaciones de dependencia emocional, o cualquier otra problemática para la que el profesional se haya especializado, como la prevención e intervención en situaciones que puedan desencadenar maltrato entre las personas y desde luego, la intervención psicoeducativa preventiva para que no lleguen a producirse.

Nuestro trabajo consiste en evaluar juntos la situación y analizar los aspectos que interfieren en la situación problema. Como parte del proceso, se implementan técnicas e instrumentos para facilitar el autoconocimiento y alejarnos de la confusión que invita a alojarse a la ansiedad.

Cuando estos problemas no se tratan a tiempo pueden desencadenar otras situaciones de mayor complejidad que han de tratarse con la intervención adecuada, en nuestro caso, si es de nuestra competencia lo hacemos en nuestro equipo, si no lo es lo derivamos a un profesional competente en la materia.

Después de más de treinta años de experiencia y haciéndome psicoterapéuta con oficio y formación continua, puedo decir que existe una rama de la orientación personal, familiar, vocacional, que precisa reclamar su espacio con todas las garantías profesionales. 

¿Es psicología?

Sí, y también pedagogía porque no olvidemos que la mayoría de las situaciones motivo de consulta conllevan experiencias de aprendizaje que hay que reorganizar, digamos incluso reeducar, y no basta con eliminar o neutralizar síntomas, es necesario reformular las tendencias aprendidas con aplicación preventiva e intervención de carácter psicoeducativo, espacio que corresponde a un ámbito diferente al clínico ya que no trata patologías sino de necesidades vitales de apoyo psicopedagógico.  Lo más importante, elegir la persona profesional adecuada. 

Como pistas para ello: Formación universitaria de base: Psicología, Pedagogía, Psicopedagogía + formación específica y experiencia en enfoques psicológicos con abordaje de psicoterapia.

Profesionales colegiados bien en el Colegio General de Doctores y Licenciados y/o en el Colegio de Psicólogos si es el caso, respaldados por una formación y una deontología que garantiza la profesionalidad y la adecuada praxis, para diferenciar las necesidades de las personas que solicitan ayuda y atenderlas de la manera más conveniente. 

En la siguiente entrada nos plantearemos:
¿Qué es más relevante para elegir profesional, el enfoque o el/la profesional?