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martes, 14 de febrero de 2023

Amor: del arrebato al sentimiento

 

 

Estar enamorado es uno de los estados más impactantes que experimentamos. La intensidad en la que nos sumerge puede ser de tal calibre que arrebate nuestra capacidad de concentración, de pensar en otra cosa que no sea el objeto de enamoramiento. El enamoramiento secuestra nuestro aparato psíquico y es claramente físico, hormonas alborotadas, hormigueos corporales, esas famosas mariposas que sobrevuelan aliadas con la imaginación puesta al servicio de este estado distraído.

Es bonito enamorarse, especialmente si es un estado compartido, aunque claro está, no siempre es así. De cualquier modo, enamorarse es una cualidad de cada individuo, nos viene de serie como especie.

Como decía, es un estado y como tal, temporal, albergando un proceso emocional, cognitivo y relacional. Se inicia, tiene un recorrido y después desemboca en dos opciones básicas: Diluirse y terminar, o bien transformarse gracias a la elaboración de sentimientos duraderos y de apego estable, es decir, la transformación posible y no siempre alcanzable del enamoramiento en amor.

Amor, ¡Qué gran palabra! Detengámonos unos instantes en ella. Es un gran tema que podemos contemplar desde ámbitos de conocimientos diversos, la filosofía, la teología, la sociología, la psicología. Actualmente desde la neurociencia. Interesante desde cualquiera de estos campos en los que podemos encontrar grandes textos y muchos otros de divulgación superficial.

En este caso, me remito a Fromm y su clásico ‘El arte de amar’ que, aunque en algunos aspectos revisable, especialmente en lo referente a los roles de género, a los que les atribuye cualidades diferenciales que ahora no son admisibles, fuerza al hombre, cuidado a la mujer, su contribución al estudio del sentimiento de amor desde una perspectiva sociopsicológica sigue siendo, desde mi punto de vista altamente recomendable.

Es frecuente que lo relea y me suscite reflexiones asociadas al panorama relacional actual.  El amor erótico, quizás la forma más engañosa que existe, afirma Fromm, es frecuente que se confunda con enamorarse.  El comienzo súbito de una posible relación tira abajo las barreras que existían entre dos desconocidos, sigue el autor, promoviendo una repentina intimidad de corta duración. Una vez que el desconocido ya es íntimamente conocido, ya no hay más barreras que derribar, ningún súbito acercamiento que lograr.

De otro modo, si la experiencia del otro es más profunda, se podría experimentar la infinitud de su personalidad y la posibilidad de salvar barreras podría renovarse a diario, por no tratarse de una exploración superficial y rápida que se agota.

Se agota y vuelta a buscar el gran amor.

La profundidad requiere tiempo, ritmo lento para ajustar el paso, para degustar la melodía del sentimiento, aunque el principio sea intenso, con la necesaria atracción como vía de acceso, el amor, tiene el atractivo del matiz.

Sea cual sea la experiencia amorosa de cada uno, conviene revisar la propia historia, indagar en el sentimiento de amor desde esa posibilidad a la que alude Fromm de aprender a amar, que como cualquier arte que se aprende, se practica y se hace sublime cuando se pone conocimiento profundo en el mismo.


viernes, 18 de febrero de 2022

El devenir de los dementes

Lo confieso, estoy inquieta. Confío en la cordura en la misma proporción en que desconfío de los dementes. Con dementes me refiero a cualquiera incapaz de jerarquizar el bien sobre el mal, a los que utilizan la violencia en cualquiera de sus formas, con cualquier excusa, con el interés propio por bandera y ajenos a la necesidad de cooperación desde la que ven disminuir su ego. Creo que la prepotencia se acerca, peligrosamente, al concepto de demente y que los juegos de poder que desde ese estado generan y gestionan los que ahí se ubican, están cargados de soberbia, de codicia, de EGO en definitiva.

¿Qué hacer ante ello? ¿Cómo podemos negarnos a participar de las malsanas invitaciones de los dementes cuando tienen poder para decidir sobre nuestras vidas?

En nuestro quehacer cotidiano, tenemos la oportunidad de detectar y neutralizar actitudes personales y ajenas en los entornos en los que ejercemos nuestra actividad, ya sea laboral o personal, en cualquier escenario en el que se represente una reacción que rompa la equidad, la reciprocidad. No siempre es fácil parar al prepotente. Tiene diversos disfraces que disimulan el personaje e intención real. En ocasiones, puede vestirse de Salvador*, el ayudador que tiene la respuesta a todo y la solución, aparentemente desinteresada, al problema de quien se muestra indefenso, incapaz, vulnerable. La victima fácil para recoger cupones de deuda, que más tarde tendrá que saldar.

Los más atrevidos, los dementes sin disfraz van a por todas, tratan de coger lo que quieren sin contemplaciones. En el ámbito clínico se les denomina sociópatas o psicópatas. Sin embargo, la mayoría en las primeras fases de sus juegos de poder se camuflan con caretas de sonrisas amigables, de supuesta sabiduría, de promesas huecas aunque creíbles para quien necesita creer, la necesidad es un caldo de cultivo jugoso para el demente.

Las necesidades legítimas de amor, de alimento, de trabajo y de seguridad, de cualquier aspecto de nuestra existencia son aspectos susceptibles de manipulación. Estos dementes andan por la vida ejecutando órdenes, gestionando empresas, creando familias para luego destruirlas, dirigiendo países.

En estos días, mientras muchos celebrábamos el amor, aunque se trate de un evento con marcado carácter consumista, otros preparaban la guerra. Unos cuantos dementes jalean a muchos incautos para llevarnos a todos a su guión de locura y hacernos participar en su juego como personajes secundarios, prescindibles, nimios ante su pretensión de poder, útiles para alimentar su soberbia una vez más ajenos a las necesidades existenciales de paz, amor, cuidado y cooperación, a las necesidades reales de las personas de cualquier casa, pueblo o país.

Haz el amor no la guerra, no es una frase hippie desfasada, tal vez requiera matices, aunque el significado es universal y atemporal. Es el deseo y la necesidad de la buena gente, de los alejados de la prepotencia, de la locura. Está en el núcleo de nuestra existencia y como dijo Fromm en su maravilloso libro El arte de amar, 'el amor es la respuesta al problema de la existencia humana. Requiere un buen aprendizaje, como cualquier arte'.

*Salvador, rol conceptualizado en el Análisis Transaccional para describir actitudes y estilos de comunicación de quien se coloca desde arriba para someter, sobreactuar, generar necesidades con fines más o menos ocultos o premeditados, en los que subyace la necesidad de recibir reconocimiento desde una posición de poder.