martes, 22 de junio de 2021

El malestar de la inmediatez permanente

 

Vivimos en constante inmediatez,  nada espera,  tenemos respuestas rápidas a cualquier cuestión que nos planteamos.  Tecleamos en nuestro ordenador, en nuestro teléfono,  y obtenemos en segundos multitud de opciones que responden a nuestras preguntas.

En primera instancia resulta fantástica esta rapidez.  Sin embargo, elimina la oportunidad de reflexión,  de digerir la duda,  de sostener el tiempo de espera necesario para elegir con criterio.

La rapidez es adecuada en la emergencia, cuando necesitamos intervenciones concretas y eficientes.  La gestión y resolución de problemas son habilidades que podemos desarrollar, como muchas otras que nos caracterizan.  Requieren un aprendizaje previo y una cualidad imprescindible: la sensatez.  Es diferente de la reacción inmediata: -me pisan, golpeo- que repetida indica un modo de responder desde la agresividad.

Llevado a la interacción social, encontramos la necesidad adquirida de tener en nuestra mano respuestas inmediatas a todo lo que nos acontece y en especial en el marco de nuestras relaciones personales:” Si te escribo y estás en línea tienes que responder”.

La consecuencia más frecuente es la ansiedad, el desasosiego constante que nos sitúa entre la necesidad de respuesta y el siguiente estímulo que será inmediato a la misma.  Por tanto la calma, si llega,  se convierte en una sensación efímera y el equilibrio de nuestro sistema nervioso no logra establecerse, por el contrario,  generamos un estado de alerta que se instala en nuestro organismo como parte de nosotros, así estamos así somos. En cierto modo, ponemos nuestro sello en lo que hacemos y en como lo hacemos, en este caso mediatizados por un instrumento ajeno, aunque ya parezca algo propio.

El control tiene un aliado extraordinario, la dependencia también.

Descartando un previo trastorno de ansiedad generalizada, es necesario plantearnos si nuestros hábitos favorecen la ansiedad, y están contribuyendo al desarrollo de una angustia evitable.

Necesitamos detectar si el exceso de conexión aumenta nuestra tendencia a la ansiedad y/o la genera. Si el control exagerado, la hipervigilancia configuran un modo de estar conexión sin estar en contacto

. No hay contacto porque no hay atención real, el aquí y ahora no existe porque estoy ahí donde suena el aviso de entrada.

¿Qué nos pasa cuando no atendemos a lo que estamos haciendo, contemplando, conversando? Tal vez sea adecuada esa popular frase” la vida es eso que pasa mientras hacemos otros planes” creo que atribuida a J. Lennon. Podemos ajustarla a esta reflexión: “la vida es eso que pasa mientras…paro una conversación, lectura, película, etc., para responder a un WhatsApp, un aviso de Meme nuevo o cualquier otro estímulo de reciente denominación.

Más allá de consejos vacíos, se me ocurre alguna sugerencia que suelo proponer en el contexto de apoyo psicológico y que resumo a continuación comenzando con esta contundente premisa:

Estar en permanente conexión nos desconecta.

Los profesionales de la salud, de la educación y de la neurociencia actual resaltamos hasta la saciedad la importancia de potenciar una mente focalizada.   Sea cual sea el método si es eficaz, con el aprendizaje de técnicas y procedimientos solventes como el yoga y el chikung podemos aprender a conectar realmente mente y cuerpo. Sin embargo,  no todos estamos disponibles e interesados en lo mismo, basta con comenzar a autoobservarnos para darnos cuenta de aspectos importantes que tal vez nos conviene explorar.

Ten en cuenta que los hábitos cotidianos se originan y arraigan frecuentemente ajenos a nuestra voluntad, por la inercia de lo que vamos incorporando de nuestro contexto social. Por ello, podemos agilizar la consciencia para revisar nuestro gasto de tiempo, que tanto tiene que ver con  nuestro estado emocional y con lo que tiene significado para nosotros, es decir con lo que aporta sentido a nuestra vida.

El otro día leí esta frase que se atribuye a Benjamin Franklin con la que termino esta reflexión.

 "La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días."

  • Detecta tu dificultad, pon nombre a lo que percibes.
  • Asocia tu ansiedad a lo que te preocupa y revisa tus opciones de solución hasta ahora.
  • Toma una decisión y haz un compromiso de dosificación.
  • Aprende a canalizar tu energía emocional.
  • Aprende a focalizar tu mente.
  • Pide ayuda si lo consideras necesario.


 

domingo, 23 de mayo de 2021

El efecto de la palabra

 

Los desafíos en los que estamos inmersos globalmente y la desconfianza en la gestión del poder, nos sitúan frente a tendencias reactivas y actitudinales que creo contienen riesgo personal y social.

Me atrevo a llamarlo efecto paranoia por la desconfianza con la que discurren. Como consecuencia se instala su contenido: la desesperanza, la impotencia, la actitud pasiva por percibirse incapaz de cambiar lo que no está bien, en el otro extremo la violencia. Cualquier ámbito de nuestra experiencia puede teñirse de este color oscuro y cronificar el tono de nuestra perspectiva y de nuestro estado anímico.

“Todo es deshonesto”, “Yo no puedo hacer nada”. Esta actitud, transformada en lenguaje, conlleva riesgos. Necesitamos un humanismo inteligente, eficiente para generar los cambios sustanciales que necesitamos en este período de la humanidad en general y de nuestras experiencias personales en particular.

Es preciso acercarlo al microsistema familiar, a la escuela, al sistema social en todos los ámbitos.  Para empezar, como no, la reflexión, el análisis, y como herramienta, el lenguaje. Creo que es necesario un cambio de paradigma comunicacional más allá de lo cultural, de lo tecnológico. Me refiero al cuidado de la palabra, la dicha y la pensada. Eso que llamamos diálogo interior y que tanto foco le dedicamos los profesionales del apoyo psicológico, proviene, en gran medida, de la influencia del entorno y se llena de palabras, de frases, de gestos de otros que se hacen míos si no atraviesan un filtro que los audite. Y lo llamamos crispación, bullying, acoso, y son palabras mal dichas dirigidas al lado más sensible de nuestro aparato psíquico que engancha y genera un efecto interno que después ha de devolverse de algún modo.

Es por esto que hoy mi reflexión se dirige a la palabra y su poder para afianzar desencuentros o para crear espacios comunes.

Dice un antiguo proverbio árabe:

“Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio no lo digas” Ni a otros ni a ti mismo.